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LA OSCURA ZONA DE CONFORT

 

No sé si comprar un nuevo automóvil o quedarme con el viejo ya conocido… Para quienes vivimos en la ciudad, en la mañana es difícil no quedarse atascado en una presa y nos viene un profundo deseo de salir de ahí, de esa presa, de poder avanzar, pero lamentablemente la velocidad del tránsito no la decidimos nosotros, y a veces esto colma nuestra paciencia, de seguro esto le ha ocurrido a usted.

 

Recientemente andaba en un curso en el extranjero, debía ir a cambiarme a la habitación, tomar algunas notas y el gafete que me permitiría el ingreso al salón de conferencias, pero al llegar a mi habitación del hotel, la llave no me funcionó, la ponía de una y otra forma y nada…, era de esas llaves tipo tarjeta, sí de esas, y no había manera de que sirviera.

 

El curso ya iba a empezar y la situación incrementaba mi frustración, quizá le ha pasado algo así a usted…, y bueno yo con un gran deseo de lograr estar puntual, poder ubicarme en un buen lugar y aprovechar al máximo el nuevo conocimiento ya empezaba a sentir la imposibilidad de poder abrir la puerta de mi habitación, esta situación ya me estaba llevando a la desesperación, si esa que quizá usted ha sentido de una u otra forma en condiciones similares.

 

La duda, la impaciencia, la frustración y el deseo, son estados que a veces llegan todos juntos, ¿Y qué tiene que ver esto con la zona de confort?, se preguntará usted estimado lector, la verdad es que puede que mucho y a la vez poco. Esto depende de cada quién, de cómo cada quién se encuentre y bajo qué condiciones este leyendo este artículo.

 

Permanentemente llega a nosotros información que rechazamos o aceptamos de manera consciente o inconsciente,  envuelta en un gran “depende”.

 

Dudar es un espacio que nace de la dificultad que se tiene para tomar una acción concreta en alguna dirección. Sin embargo permanecer en la duda se convierte en una decisión en sí misma, pero sin un particular movimiento hacia adelante. Se ha de entender que dicha decisión nos deja donde estamos y ese lugar donde estamos, es un espacio mental al que podemos reconocer también como una zona de confort.

 

Algunos pueden pensar que la zona de confort es un espacio maravilloso, un sitio donde tenemos todo bajo control; pero la realidad es que la zona de confort es solamente un punto mental en donde no hay movimiento, sino solo permanencia, no se presenta el reto como una actividad movilizadora, sino por el contrario se reconocen beneficios y a veces incluso prejuicios, consciente o inconscientemente sin que necesariamente estos estén debidamente balanceados.

 

Una zona de confort puede estar llena de disconformidad, lo cual parece extraño, incluso paradójico, sin embargo lo que sucede es que nuestro cerebro se habitúa, y como este  funciona bajo el menor consumo de energía posible, se le hace sencillo permanecer ahí, quedarse en la confianza de lo conocido, y no por conocido, mejor.

  

La zona de confort es cualquier espacio mental al cuál no le hemos llevado al punto de la observación, o lo que es igual a que no lo hemos mirado desde una posición perceptual distinta a la común,  la cual es generalmente desde uno mismo.

 

Si nos posicionamos en la segunda posición perceptual, a saber cómo observadores de lo que acontece dentro de nosotros, pero atendiéndolo desde afuera, nos permitirá identificar nuestros paradigmas, nuestras creencias, y en general la forma como interpretamos lo que nos acontece.

 

La zona de confort es esa posición mental a la que nos hemos acostumbrado y mientras no tomemos consciencia de para qué permanecemos en ella, no nos permitimos el crecimiento personal, ya que estar ahí es, en apariencia, mejor que salir de ese espacio.

 

Los seres humanos actuamos en el mundo por medio de la interpretación que hacemos de este, es decir vivimos en mundos interpretativos, no en realidades, sino en nuestra realidad. De aquí la importancia de detenernos a reconocer el para qué de nuestras conductas.

Somos como actuamos y no a la inversa, ya que no actuamos como somos. Lo anterior sirve para entender que es factible reprogramar lo que somos, y ¿cómo hacerlo?, bueno  prestando especial atención sobre todo a los comportamientos que no nos dan  bienestar a nosotros ni a otros. Debemos atender ecológicamente el actuar, revisar el sistema,  no solo la individualidad de nuestras acciones, sino las repercusiones que se dan o pueden darse en uno mismo y en los otros.

 

Esos cambios de conducta que pretendemos, solo se dan bajo la capacidad que desarrollemos al tomar consciencia de nuestro actuar, para así moverse fuera de lo habitual y salirse de la zona de confort, de ese confort que significa asumir que no necesariamente se está bien dónde se está.

 

Cuando las zonas de confort están compuestas de muchos espacios mentales que no están siendo observados desde afuera, sea desde la posición perceptual número dos, pueden resultar difíciles de superar, ya que el reto es mucho más complejo por la carencia de consciencia y por ende puede convertirse en un ancla que no nos deja avanzar y a la que nuestra mente insiste en justificar.

 

Un profesor de la Universidad de Harvard cuyo nombre ahora no recuerdo dijo una vez: “Toda persona inteligente es capaz de fabricar una excusa inteligente para evitar una responsabilidad…”

 

El trabajo que no nos complace pero que hemos aprendido a justificar para permanecer en él. La relación que no enfrentamos para conversar de lo necesario para mejorarla, ya que al no entrar en la conversación, esto nos aleja del enfrentamiento, nos aleja del esperado dolor; esa forma de vestir actual que no va con lo que creo que soy o quiero comunicar, esos temas que prefiero no tocar pues considero son verdades absolutas en mi ser.

 

El miedo nos puede inmovilizar, el miedo se produce por lo incógnito del resultado, por la incertidumbre que genera aquello que aún no hemos experimentado, o que con base en experiencias pasadas asumimos será igual y eso que es igual no lo queremos de nuevo en nuestra vida, más aún si ha sido insatisfactorio.

 

Toda mejora se produce fuera de nuestra zona de confort, debemos vencer el miedo que nos inmoviliza (zona del miedo), debemos enfrentar el reto a cambiar, vivir el proceso del aprender (zona de aprendizaje), para así entrar en el espacio de la mejora (zona de mejora).

 

Todo cambio conlleva un movimiento que se presenta como doloroso, pues resulta en un desajuste de lo habitual, para emprender el nuevo camino de habituarse. Evalúa tus zonas de confort, sal de ti mismo para observar que ocurre, que razones existen que te detienen ahí, toma consciencia de lo que pasa, qué sientes, qué miras, qué oyes, a qué temes, qué esperas…

 

Observa tus creencias limitantes, tus paradigmas, regresa a la posición perceptual uno, la de usted con usted mismo, y procure el movimiento hacia adelante, hacia el reto, en busca de un resultado nuevo, de un aprendizaje, ya que “toda mejora se produce fuera de nuestras zonas de confort…”

 

Fuente de imágenes: Shutterstock 

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